El primer impacto: el color del mar en Punta Cana
No es solo la playa. No es solo el resort. Hay algo en ese pedazo del Caribe dominicano que le hace algo a la gente de Ecuador. Algo que es difícil explicar hasta que lo vives.
Andrea y Daniel salieron de Guayaquil un martes en la mañana con tres maletas, un coche de bebé y la convicción de que este viaje iba a ser demasiado complicado. Su hija tenía cuatro años. Era la primera vez que viajaban al Caribe. Habían dudado hasta el último momento.Tres horas y cuarenta y cinco minutos después, cuando el avión inició el descenso sobre Punta Cana y Andrea miró por la ventanilla, dijo en voz alta algo que Daniel nunca olvidaría:
"Dios mío. ¿Por qué no vinimos antes?"
Eso dijo Andrea cuando vio el mar por primera vez desde el avión. Esta historia se repite, con distintos nombres y distintas ciudades de Ecuador, cientos de veces al año. La duda antes de viajar. La rendición en cuanto aterriza el avión. Y la pregunta inevitable al regreso: ¿cuándo volvemos?El primer momento: ese color de agua
Hay algo que los ecuatorianos que han estado en Punta Cana mencionan invariablemente cuando uno les pregunta qué fue lo que más les impactó. No dicen el hotel. No dicen la comida. Dicen: el color del agua. El Pacífico ecuatoriano es hermoso, pero es verde oscuro, a veces gris, con olas y corrientes. El mar de Bávaro es otra cosa completamente. Es un turquesa que parece creado para una fotografía, pero que resulta ser real y constante, a las ocho de la mañana y a las cinco de la tarde, en enero y en julio. Un azul que se ve desde el avión antes de aterrizar y que te confirma que tomaste la decisión correcta. El primer baño en ese mar — ese momento exacto en que el agua a 28 grados toca la piel después de semanas de invierno guayaquileño — es el instante preciso en que Punta Cana conquista a un ecuatoriano para siempre.
Lo que hace diferente al Caribe dominicano: la calma
Cuando Andrea llevó a su hija al mar por primera vez en Punta Cana, algo que esperaba con cierta angustia — ella es madre, las madres anticipan todo ocurrió algo inesperado: la niña entró al agua sola. Sin miedo. Sin que una ola la tirara al suelo.
Para una familia que viene del Pacífico, donde el mar exige respeto y vigilancia constante, esto cambia por completo la experiencia de la playa. Los niños corren hacia el agua. Los adultos respiran. Y por primera vez en mucho tiempo, una familia entera puede estar en el mar al mismo tiempo sin que nadie tenga miedo.
El mar de Bávaro es tan calmado que parece una piscina gigante de color turquesa.Los niños entran solos. Los padres respiran
El todo incluido: cuando dejar de pensar es el lujo. Daniel confiesa que al principio el concepto todo incluido le generaba cierta desconfianza. "Siempre pensé que esas cosas tenían letra chica", dice. "Que cuando llegaras al hotel te cobrarían por todo de todas formas."Lo que descubrió fue lo contrario. Desde el momento en que se pusieron las pulseras al hacer el check-in, todas las decisiones de dinero desaparecieron. La cena, las bebidas, el helado de la tarde, el cóctel junto a la piscina, el desayuno con vista al mar: todo incluido significaba exactamente eso. Nada más que pagar. Nada que calcular.
Para el ecuatoriano de clase media que trabaja todo el año y que pocas veces tiene la oportunidad de desconectarse completamente, esta libertad de no pensar en el dinero durante cinco días es, quizá, el lujo más grande de todos. Más que el hotel en sí. Más que las piscinas. Más que la playa. Es la libertad de estar presente.Todas las decisiones de dinero desaparecieron.Esa es, quizá, la forma más pura de lujo que existe.

El momento de Isla Saona: el lugar que no parece real, Andrea y Daniel tomaron el catamarán hacia Isla Saona. Salieron de madrugada desde el muelle de Bayahibe con música, bebidas y veinte desconocidos que en pocas horas se convertirían en algo parecido a amigos eso también pasa en Punta Cana.A mitad de camino el catamarán paró en medio del mar. No había tierra a la vista en ninguna dirección. El capitán anunció: "Bienvenidos a la Piscina natural." La gente empezó a saltar al agua y Andrea, que no es de las que salta a ninguna parte sin pensarlo, saltó también.
El fondo era de arena blanca. El agua le llegaba a la cintura. Y caminando por ese fondo, entre sus pies, había estrellas de mar naranjas y moradas. Docenas de ellas. Rodeada de mar abierto en todas las direcciones, bajo un sol caribeño, con su hija en brazos señalando cada estrella con el dedo, Andrea entendió algo que no había entendido antes: hay experiencias que no se pueden describir bien. Solo se pueden vivir. Había estrellas de mar bajo sus pies.Rodeada de mar abierto en todas las direcciones.Eso solo existe en Punta Cana.
Por qué los ecuatorianos vuelven: la distancia justa. Hay algo en la logística de Punta Cana que encaja perfectamente con el estilo de vida del ecuatoriano. No es un viaje de dos semanas que requiere meses de ahorro y planificación. No exige visa. No exige inglés. No exige más de un fin de semana largo para tener cinco días completos en el Caribe.Tres horas y cuarenta y cinco minutos. Vuelo directo desde Guayaquil. Sin escalas. Sin cambios de avión. Sin calcular cuánto duran las conexiones. Aterrizas, te dan el traslado, y en menos de una hora desde que baja el avión ya tienes los pies en la arena blanca de Bávaro.Esa proximidad — esa ausencia de complicación logística — es parte de lo que hace que los ecuatorianos que van a Punta Cana regresen. No es solo que el destino sea hermoso. Es que el destino es alcanzable. Es que la siguiente vez no parece un sueño lejano sino un plan concreto para dentro de seis meses.Guayaquil — Punta Cana: 3 horas 45 minutos. Vuelo directo con Arajet. Sin visa. Sin escalas. Sin complicaciones.
El último día en Punta Cana tiene un ritual que se repite en casi todas las familias y parejas ecuatorianas. Ocurre generalmente en el desayuno de la última mañana, con la maleta ya lista junto a la puerta de la habitación.Alguien mira el mar por última vez desde la terraza o desde la ventana del comedor. Y entonces alguien pregunta, en voz alta o solo con los ojos: ¿cuándo volvemos? Esa pregunta — "¿cuándo volvemos?" en lugar de "volvemos algún día" — es quizá la mejor descripción de lo que Punta Cana le hace a un ecuatoriano. No te deja con nostalgia de algo que ya pasó. Te deja con ganas de algo que ya está planeando en tu cabeza.Andrea dice que en el avión de regreso, con su hija dormida en el asiento del medio y las fotos de la semana todavía sin editar en su teléfono, ya estaba buscando fechas para el próximo año. "No era que quería volver", dice. "Era que sentía que todavía faltaba algo. Que Punta Cana todavía tenía más cosas por mostrarme."Probablemente tiene razón."¿Cuándo volvemos?" en lugar de "volvemos algún día".Esa es la diferencia. Eso es lo que Punta Cana le hace a un ecuatoriano.
Andrea y Daniel regresaron a Guayaquil con tres maletas, el coche de bebé y algo que no habían llevado en el equipaje de ida: la certeza de que había un lugar en el mundo, a menos de cuatro horas de vuelo, que les pertenecía un poco. Un lugar al que volverían.
NOTA DE REDACCIÓN: Andrea y Daniel son un personaje compuesto basado en las experiencias reales de clientes ecuatorianos de bmtours. Si quieres compartir tu propia historia de Punta Cana, escríbenos hola@bmtours.com.ec.
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